Una mirada, una sonrisa, pero nada vuelve. Máscaras en rostros contraídos de dolor, orgullos insanos dominando la escena, hipocresía danzando por el ambiente con tanta facilidad como los nervios. Y todo recto en dirección a su alma lo encuentras, algo más terrible que cualquier catástrofe, ves que hay algo que te roba el aliento sin esfuerzo. Te controla, tú razón de existencia te ha encontrado, y tú, y tú sólo quieres que todo sea distinto, que el tiempo lo cambie todo, que los destinos tengan piedad de ti.
Huyes viendo que nadie te ampara, buscas algo menos doloroso a lo que aferrarte, buscas algo sencillo que te acoja. Otra alma, otros ojos. Te reprimes, lo hundes todo es un intento desesperado de acallar la tormenta que se acerca letal. Escondes y finges, pensando que la creencia en una mentira la puede volver realidad. Para cuando no ves que eso ocurre, resulta que no era buena idea hundirlo, que esa idea le ha llevado a tomar raíces, arraigándose por todo tu ser. Te conviertes en un esclavo de lo crecido, un amante de lo perdido, de lo hundido, de lo deprimido.
Confuso, desorientado y dolorido recurres a lo ya utilizado, escapar, considerándola como la mejor respuesta que puede conseguir un ánima lastimada, zarandeada y olvidada por aquellas que la controlan. Tomando el mando de lo poco que puedes conseguir, diriges a un precipicio, arriesgando la existencia de tan peculiar sentimiento, creándolo como tela de juicio para que no pueda manifestarse como debe. Atando cuerdas, cadenas y clavos; a fin de enjaularlo y mantener libre a lo restante, para que la posibilidad de supervivencia sea real, tangible y puedas agarrarte a ella en última instancia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario