lunes, 19 de noviembre de 2012

My town



Caminando iba bajo la luz de la luna, aquella noche había sido de las peores, no sólo había tenido que robar, esa noche, además se había metido en una pelea. Encontró al chico tirado en el suelo mientras unos desalmados estaba a su alrededor machacando todos y cada uno de sus huesos. Ella simplemente se conmovió al ver que el chico guardaba algo con aprecio, le recordó a ella misma antes de de que todo se oscureciera. El chico nunca sabría que ella le había ayudado, le dejó a cargo del tabernero. Una sombra tras su pies se detuvo a la misma vez que lo hacía ella. Se giró más que dispuesta a dar cara aún teniendo una costilla magullada.

-¿Qué es lo que quieres? -preguntó fría a su espalda.
-Sólo... yo... quería darte las gracias por haberme salvado. -le oyó respirar fuerte.- Te debo mi vida.
-Estás herido, ¿cuando llevas siguiéndome?
-Tú también estás herida, déjame ayudarte.

La chica asintió sin ningún tipo de expresión en el rostro, sabía que no llegaría a ningún lado con aquella huella, de hecho no sobreviviría ni una noche en su propio barrido por mucho que quisiera. Él la llevó a lo que parecía un sanatorio. Entraron rápido y le dirigió a una habitación, una consulta.

-Déjame ver lo que te han hecho esos bastardos.

La chica sin pudor se quitó la ropa mostrando una herida de navaja superficial, sin embargo lo que llamó la atención del chico fue el morado con mala pinta al otro lado de su costado. La examinó durante unos segundos, se asomó a la puerta y llamó a una enfermera. Mientras se entretuvo buscando algo en su escritorio.

-¿Tienes a alguien a quién avisar?
-Sabes que no -fue lo único que pudo sacar de la joven.

Él se dedicó a curar con esmero la herida, cuando llegó la enfermera le pidió algunas cosas para revisar el golpe.

-Creo que si hubiera sido más profundo, ahora, estaría hablando con un cadáver -ella asintió.

Terminó con todo lo que pudo hacer por ella. Comenzó a vestirse delante de él con la mayor tranquilidad del mundo. Al terminar, sólo inclinó la cabeza agradeciendo lo hecho y desapareció de su vista.

Tendría que andar mucho hasta lo que era su casa, su escondite, no le daba miedo, conocía las calles de esas ciudad a la perfección, había nacido y crecido en ellas, nada era nuevo. Su historia, era la de la ciudad y ella se desenvolvía por cualquier sitio, ella era como un secreto a voces, era conocida, cierto, pero no su pasado.

A la mañana siguiente ella pasó por un hospicio, se quedó allí para desayunar y vio al mismo joven de la noche anterior. Se le acercó y comenzó a preguntarle sobre el estado de sus heridas. Ella respondió a lo necesario dejando muchas preguntas en el aire.

-¿Cómo me encontraste?
-Por casualidad.
-No tenías porque haberme ayudado.
-Tienes razón -se levantó y llevó su bandeja con el resto de bandejas sucias.

Él no se convenció con la respuesta cortante, así que la siguió olvidando su voluntariado en la casa de comidas para pobres. Ella iba con paso firme y decidido hacia lo peor de la ciudad, un barrio abandonado de la mano de dios, según creía Jack. La paró cogiéndola del brazo y ella le miró helando cada fibra de su ser.

-Al menos dime cómo te llamas.
-Liz

Siguió andando soltando con fuerza el simple agarre de Jack, pero no se quedó atrás y se puso a su altura. Liz pudo notar la inocencia del doctor la primera vez y por esa misma razón no le había partido las piernas para que no la siguiera.

Pasaron por los alrededores del barrio de ella, se acercó a una esquina y cogió a Jack cuando pretendió asomarse.

-Chst, ¿qué crees que haces? ¿quieres morir?
-N-no -respondió soltando el aire que había acumulado en sus pulmones.
-Entonces vete -espetó Liz saliendo de su escondite.

Jack contuvo el aliento viendo como ella se iba, asomó su cabeza y vio una especie de tiroteo entre los dos lados de la acera, no creía que eso lo estuviera viendo en su propia ciudad, eso sucedía en grandes ciudades de lo que era norte américa, pero no en aquella tan acogedora, pensó que no conocía su ciudad tanto como creía. Sin pensarlo más siguió a la joven Liz que se había metido en un edificio.

-Toma, es para ti cuídala y no dejes que nadie te la quite, si ocurre, me avisas y la recuperaré -dijo Liz a una anciana en una esquina del gran lugar. Se giró para ver a aquel hombre que la molestaba tanto.
-Quiero ver mi ciudad -dijo Jack cuando salieron por la parte trasera del edificio.
-Tú lo has querido, no me hago cargo de lo que pueda suceder, después me dejarás en paz. No me deberás nada y no te deberé nada.
-De acuerdo... Me llamo Jack.

Liz cada día le enseñaba cosa insólitas de aquella ciudad que creía conocer. Le enseñó el bario de las prostitutas, el de los enfermos, el de los abandonados, el de los pobres, el de los huérfanos, tantos y nunca había conocido su existencia. No hasta que ella llegó, su humor nunca fue agradable, simplemente se molestaba en enseñarle lo que él quería ver, en algún momento comentó que era médico en prácticas, que trabajaba como voluntario en el hospicio dónde la vio y que se había mudado a una casa enorme que reservaba para formar algún día una familia.

Demasiado inocente, pensó Liz conforme Jack le contaba algún tema personal, a menudo dudaba que soportara la dureza de la realidad que todo el mundo escondía o ignoraba por placer, sólo le advirtió una vez, no sería necesario hacer más. Sólo quedaba por enseñar el barrio de los marginados, el que ella había elegido como su hogar, dónde se encontraba lo que tenía de vida.

-Mi mundo era perfecto hasta que llegaste, lo destrozaste y me hiciste enamorarme de la cruda y dolorosa realidad - susurró Jack.
-Nadie dijo que fuera bonito, sencillo o educativo. Tú me pediste que te enseñara y lo hice.
-¿No te duele lo que sucede a tu alrededor?
-No -respondió Liz impasible.
-Pero ¿cómo?
-¿Acaso creías que todo el mundo vivía como tú? ¿que todos tienen una casa propia, dinero, trabajo y familia? ¡¿Acaso lo creías?! -terminó gritando Liz.- No me duele lo que sucede, porque es lo que ha sido siempre, estoy acostumbrada, aquí sólo el más fuerte sobrevive, muy pocos se ayudan entre ellos, y yo no soy quién para juzgarles -Liz se volvió y pasando por su lado, apoyó una mano en el hombro del médico que sin saber cómo había terminado arrodillado en el suelo.- Y me temo que tú tampoco, vuelve a tu casa con su calor hogareño, esfuérzate ayudando a la gente del hospicio, pero no consumas tu vida en ellos. Tú no has tenido su suerte.


Días después Jack se levantó con un triste remordimiento, cogió el periódico y en la portada exhibía un brutal asesinato, leyendo la noticia descubrió la vida de Liz. Huérfana con una gran fortuna, sus padres le habían dejado tantas deudas que aún siendo una niña las pagó todas quedando sin nada con lo que vivir. Nadie había sabido de ella hasta aquél día, nadie se había preocupado por ella. Un ruido le sacó de sus pensamientos

-Me dijo que usted debía de tener esto. -dijo un niño entregándole un pequeño papel.

Jack lo repasó sin encontrar sentido a la lista de nombres y códigos, al pie de todo ponía la firma de Liz y su total consentimiento. En el reverso el nombre del banco más importante de la ciudad. El chico rebuscó en su bolsillo y sacó otra lista, esta vez eran nombres de personas influyentes. Liz lo había pensado todo, sólo debía elegir si quería salvar su ciudad.

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