Caminando
iba bajo la luz de la luna, aquella noche había sido de las peores,
no sólo había tenido que robar, esa noche, además se
había metido en una pelea. Encontró al chico tirado en el suelo
mientras unos desalmados estaba a su alrededor machacando todos y
cada uno de sus huesos. Ella simplemente se conmovió al ver que el
chico guardaba algo con aprecio, le recordó a ella misma antes de de
que todo se oscureciera. El chico nunca sabría que ella le había
ayudado, le dejó a cargo del tabernero. Una sombra tras su pies se
detuvo a la misma vez que lo hacía ella. Se giró más que dispuesta
a dar cara aún teniendo una costilla magullada.
-¿Qué
es lo que quieres? -preguntó fría a su espalda.
-Sólo...
yo... quería darte las gracias por haberme salvado. -le oyó
respirar fuerte.- Te debo mi vida.
-Estás
herido, ¿cuando llevas siguiéndome?
-Tú
también estás herida, déjame ayudarte.
La
chica asintió sin ningún tipo de expresión en el rostro, sabía
que no llegaría a ningún lado con aquella huella, de hecho no
sobreviviría ni una noche en su propio barrido por mucho que
quisiera. Él la llevó a lo que parecía un sanatorio. Entraron
rápido y le dirigió a una habitación, una consulta.
-Déjame
ver lo que te han hecho esos bastardos.
La
chica sin pudor se quitó la ropa mostrando una
herida de navaja superficial, sin embargo lo que llamó la atención
del chico fue el morado con mala pinta al otro lado de su costado. La
examinó durante unos segundos, se asomó a la puerta y llamó a una
enfermera. Mientras se entretuvo buscando algo en su escritorio.
-¿Tienes
a alguien a quién avisar?
-Sabes
que no -fue lo único que pudo sacar de la joven.
Él
se dedicó a curar con esmero la herida, cuando llegó la enfermera
le pidió algunas cosas para revisar el golpe.
-Creo
que si hubiera sido más profundo, ahora, estaría hablando con un
cadáver -ella asintió.
Terminó
con todo lo que pudo hacer por ella. Comenzó a vestirse delante de él con la mayor tranquilidad del mundo. Al terminar, sólo
inclinó la cabeza agradeciendo lo hecho y desapareció de su vista.
Tendría
que andar mucho hasta lo que era su casa, su escondite, no le daba
miedo, conocía las calles de esas ciudad a la perfección, había
nacido y crecido en ellas, nada era nuevo. Su historia, era la de la
ciudad y ella se desenvolvía por cualquier sitio, ella era como un secreto a voces, era conocida, cierto, pero no su pasado.
A
la mañana siguiente ella pasó por un hospicio, se quedó allí para
desayunar y vio al mismo joven de la noche anterior. Se le acercó y comenzó a preguntarle sobre el estado de sus
heridas. Ella
respondió a lo necesario dejando muchas preguntas en el aire.
-¿Cómo
me encontraste?
-Por
casualidad.
-No
tenías porque haberme ayudado.
-Tienes
razón -se levantó y llevó su bandeja con el resto de bandejas
sucias.
Él
no se convenció con la respuesta cortante, así que la siguió
olvidando su voluntariado en la casa de comidas para pobres. Ella iba
con paso firme y decidido hacia lo peor de la ciudad, un barrio
abandonado de la mano de dios, según creía Jack. La paró cogiéndola
del brazo y ella le miró helando cada fibra de su ser.
-Al
menos dime cómo te llamas.
-Liz
Siguió
andando soltando con fuerza el simple agarre de Jack, pero no se
quedó atrás y se puso a su altura. Liz pudo notar la inocencia del doctor
la primera vez y por esa misma razón no le había partido las
piernas para que no la siguiera.
Pasaron
por los alrededores del barrio de ella, se acercó a una esquina y
cogió a Jack cuando pretendió asomarse.
-Chst,
¿qué crees que haces? ¿quieres morir?
-N-no -respondió
soltando el aire que había acumulado en sus pulmones.
-Entonces
vete -espetó Liz saliendo de su escondite.
Jack
contuvo el aliento viendo como ella se iba, asomó su cabeza y vio
una especie de tiroteo entre los dos lados de la acera, no creía que
eso lo estuviera viendo en su propia ciudad, eso sucedía en grandes
ciudades de lo que era norte américa, pero no en aquella tan
acogedora, pensó que no conocía su ciudad tanto como creía. Sin
pensarlo más siguió a la joven Liz que se había metido en un
edificio.
-Toma,
es para ti cuídala y no dejes que nadie te la quite, si ocurre, me
avisas y la recuperaré -dijo Liz a una anciana en una esquina del
gran lugar. Se giró para ver a aquel hombre que la molestaba tanto.
-Quiero
ver mi ciudad -dijo Jack cuando salieron por la parte trasera del
edificio.
-Tú
lo has querido, no me hago cargo de lo que pueda suceder, después me
dejarás en paz. No me deberás nada y no te deberé nada.
-De
acuerdo... Me llamo Jack.
Liz
cada día le enseñaba cosa insólitas de aquella ciudad que creía
conocer. Le enseñó el bario de las prostitutas, el de los enfermos,
el de los abandonados, el de los pobres, el de los huérfanos, tantos
y nunca había conocido su existencia. No hasta que ella llegó, su
humor nunca fue agradable, simplemente se molestaba en enseñarle lo
que él quería ver, en algún momento comentó que era médico en
prácticas, que trabajaba como voluntario en el hospicio dónde la
vio y que se había mudado a una casa enorme que reservaba para formar algún día una familia.
Demasiado
inocente, pensó Liz conforme Jack le contaba algún tema personal, a
menudo dudaba que soportara la dureza de la realidad que todo el
mundo escondía o ignoraba por placer, sólo le advirtió una vez, no
sería necesario hacer más. Sólo quedaba por enseñar el barrio
de los marginados, el que ella había elegido como su hogar, dónde
se encontraba lo que tenía de vida.
-Mi
mundo era perfecto hasta que llegaste, lo destrozaste y me hiciste
enamorarme de la cruda y dolorosa realidad - susurró Jack.
-Nadie
dijo que fuera bonito, sencillo o educativo. Tú me pediste que te
enseñara y lo hice.
-¿No
te duele lo que sucede a tu alrededor?
-No -respondió Liz impasible.
-Pero
¿cómo?
-¿Acaso
creías que todo el mundo vivía como tú? ¿que todos tienen una
casa propia, dinero, trabajo y familia? ¡¿Acaso lo creías?!
-terminó gritando Liz.- No me duele lo que sucede, porque es lo que
ha sido siempre, estoy acostumbrada, aquí sólo el más fuerte
sobrevive, muy pocos se ayudan entre ellos, y yo no soy quién para
juzgarles -Liz se volvió y pasando por su lado, apoyó una mano en
el hombro del médico que sin saber cómo había terminado
arrodillado en el suelo.- Y me temo que tú tampoco, vuelve a tu casa
con su calor hogareño, esfuérzate ayudando a la gente del
hospicio, pero no consumas tu vida en ellos. Tú no has tenido su
suerte.
Días
después Jack se levantó con un triste remordimiento, cogió el
periódico y en la portada exhibía un brutal asesinato, leyendo la
noticia descubrió la vida de Liz. Huérfana con una gran fortuna,
sus padres le habían dejado tantas deudas que aún siendo una niña
las pagó todas quedando sin nada con lo que vivir. Nadie había
sabido de ella hasta aquél día, nadie se había preocupado por
ella. Un ruido le sacó de sus pensamientos
-Me dijo que usted debía de tener esto. -dijo un niño entregándole
un pequeño papel.
Jack
lo repasó sin encontrar sentido a la lista de nombres y códigos, al
pie de todo ponía la firma de Liz y su total consentimiento. En el
reverso el nombre del banco más importante de la ciudad. El chico rebuscó en su bolsillo y sacó otra lista, esta vez eran nombres de personas influyentes. Liz lo había pensado todo, sólo debía elegir si quería salvar su ciudad.
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